¿Ha muerto el caballo?

Al parecer, es completamente apócrifa, pero no por ello deja de sorprendernos. La Primera Regla de la Caballería reza: “Si el caballo ha muerto, desmontad”.

A veces uno no sabe si tirar la toalla, y por lo general el debate que se monta en la cabeza es “¿Me estoy rindiendo? ¿Tengo lo que hay que tener?”. Es decir: uno acaba ensimismado, tocándolo todo –como se dice habitualmente– “en clave de MI”: mi capacidad, mi yo, mi blablablá.

Así no se va a ningún lado.

Por eso me gusta la regla, porque traslada la pregunta a otro ámbito más útil. Lo que importa no soy yo ni cómo me siento, sino ver si el caballo ha muerto o no. ¿Ha muerto? A otra cosa, mariposa¿Sigue vivo? Veamos qué se puede hacer? ¿Hay que sacrificarlo? Pues no se hable más.

Y hablando de apócrifos, el actor Ethan Hawke se inventó unas reglas caballerescas bien interesantes en un libro que al parecer aún –no lo sé seguro, no he consultado el ISBN– se ha publicado en este país.

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Feliz verano.

 

De la familiaridad

En inglés, las siglas “OJ” se usan para referirse, entre otras cosas, al zumo de naranja (Oranje Juice); la obstrucción de la Justicia (Obstruction of Justice) o que sólo se bromeaba (Only Joking).

Son cosas que pasan. Así, cuando decimos “ETA” podemos hablar de una banda terrorista (ETA) O de horología suiza (ETA). O del tiempo estimado de llegada (ETA).

Del mismo modo, cuando decimos “Pedro” podemos hablar de una base de datos de fisioterapia (PEDRO), de fútbol (PEDRO), de los Oscars (PEDRO), del dirigente de un partido político (PEDRO) o de un equilibrista muerto en accidente (PEDRO).

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Tener como primer apellido el más común del país (García) me ha enseñado que a veces es mejor concretar. Para saber a qué nos referimos y también para esquivar esa falsa familiaridad que parece atribuirse quien se sirve de un nombre propio para aludir a quien tal vez no trató jamás en persona.

Si no es preciso haber conocido a alguien para compadecerse de su suerte, tampoco lo es fingir que todos somos íntimos.

Cómo decir adiós

El segundo principio de la termodinámica rige el universo y así, a veces, cuando uno mira la tele y se topa con un anuncio, pongamos de coches, sabe que alguien más ha visto una de sus películas favoritas. De ahí que en ocasiones proceda comentar asuntos relacionados con films o canciones, porque todo ha sido ya hecho y –como aseguraba Cabrera Infante– quien no conoce el original está condenado a una estricta dieta de remakes. (Como ha sucedido aquí, o aquí.)

Lo comento porque un ser querido enfermo me ha hecho volver a ver este documental sobre Warren Zevon.  

Tras 20 años sin pisar una consulta, le diagnosticaron un cáncer de pulmón. Le dieron tres meses de vida. Lo primero que recordó fue una cita de Hemingway, la que reza “Toda historia verdadera desemboca en la muerte”. Y decidió invertir sus últimos días en grabar tantas canciones como pudiera.

Duró más de tres meses. Pudo hacer un disco entero.

La última canción que grabó contiene estas palabras: “Que te deje no significa que te haya dejado de querer”.

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Vivimos una época que valora las emociones, pero teme contar historias verdaderas, de las que acaban en muerte.

Es como si nos creyéramos capaces de tomar en propiedad lo que sólo se nos ofrece en alquiler.

Que nos dejen no significa que nos hayan dejado de querer. Así, con palabras prestadas, es como vamos aprendiendo a decirnos adiós.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¡Pasta ya!

Debo reconocerlo: aun a pesar de que yo también escuchaba a los Fun Lovin’ Criminals entronizar a John Gotti como rey de NYC, los vi cocinar en GoodFellas y he oído hablar de sus libros de recetas, jamás de los jamases habría dado un duro por una franquicia de comida que toma su nombre de una organización criminal, responsable de algunos de los asesinatos más cruentos.  

Si lo comento no es por poner verdes a aquellos capaces de crear una página de RSC para una franquicia que nombra a quienes han asesinado a más de mil inocentes en el último siglo y medio, sino por el poder tan absoluto –absolutorio, más bien– que tiene la ficción: uno se olvida de la realidad y sólo recuerda obras maestras del cine.

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En otro mundo, llamar a una cadena de comida “La Mafia se sienta a la mesa” sería como abrir un Asador Josu Ternera frente a un cuartelillo de la Benemérita. Una absoluta temeridad.

En el nuestro, donde toda referencia cultural es celebrada, estos ejemplos son muy reveladores.

Debo decir que aún no he comido allí, ni pienso hacerlo. No por animadversión, sino porque tengo una escena en grabada en mi mente que se niega a dejarme: la de una niña que vuela por por los aires por culpa de un bombazo ordenado por Al Capone al comienzo de Los Intocables de Elliott Ness.  La cultura, otra vez, distorsionándolo todo.

En cualquier caso, buon appetito!

       

      Un recuerdo de Nadine Gordimer

      En nuestro entorno digital la edición en papel se nos antoja un decorado de telenovela, pero sus lecciones siguen siendo relevantes. Y así, un post de un amigo sobre la libertad que se respiraba en este país justo tras el desinfle de la dictadura me ha hecho acordarme de ella. No de la edición en papel, sino de Nadine Gordimer.

      Toda persona hecha persona pública deviene en un personaje. No diré nada de los personajes, pero sí de las personas. Y como persona Nadine Gordimer era, de los tres premios Nobel que he conocido, la más dura. Ni García Mázquez, que se me antojó un sagacísimo y maravilloso ejemplo de manspreading, ni esa erudita mezcla de Xavier Cugat y Cary Grant que es Vargas Llosa podrían haberle siquiera tosido.

      Comí con ella en 2010 en el  Torre d’Alta Mar de Barcelona.

      Bruguera, un sello de Ediciones B que llevaba Ana María Moix, acababa de publicarle Atrapa la vida y Ana no se sentía cómoda con su inglés, por lo que me invitó a acompañarlas.

      Ahora que lo pienso, por entonces Gordimer tendría 86 años. Lo primero que hizo al sentarse a la mesa fue ponernos mala cara por tomar cocacola. Ella había pedido whisky.

      Hablamos de muchas cosas, pero sobre todo de censura. Quien busque contexto sobre por qué le interesaba tanto el tema a una octogenaria que acababa de librarse del apartheid y que aun así sentía la necesidad de volver a levantarse contra su gobierno para exigir libertades puede leer esta magnífica crónica del Guardian.

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      A quien le baste con un resumen en dos frases, le basta con estas frases: “La censura nunca se acaba para aquellos que la han vivido. Es una marca en la imaginación que afecta al individio que la sufrido, para siempre.”

      Hoy la censura es menos patente, su efecto sobre nuestras vidas es el del photoshop: difumina aquello que osa manifestarse asimétrico.

      Pero existe.

      Y nos marca la imaginación de por vida.

      En una época que ensalza tanto la creatividad deberíamos tenerlo presente.

      Muy bestia

      En esta entrevista, Luz Casal habla de lo «bestia» que ha sido el éxito de «Piensa en mí», la canción por la que se le conoce fuera de nuestras fronteras, la canción que sonaba durante la inauguración de este Festival de Cannes mientras Pedro Almodóvar atravesaba la alfombra roja y, también, la canción que tiene estos versos:

      Cuando quieras
      Quitarme la vida,
      No la quiero para nada,
      Para nada me sirve sin ti.

      Nadie osará jamás tildar a Luz Casal de machista, ni a Almodóvar, pero a cualquiera que se le ocurra pasarse por el portal de estadísticas de violencia de género se le pondrán los pelos de punta.

      «Cuando quieras quitarme la vida

      Otra cantante patria, Eva Amaral, tiene una canción titulada «Sin ti no soy nada».

      Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada
      Porque yo sin ti no soy nada
      Sin ti no soy nada
      Sin ti no soy nada

      De nuevo, nadie osará jamás tildarla de machista.

      Son dos ejemplos entre tantos. La marca Chloé anuncia sus perfumes al son de una versión de «Hey Joe», la historia de un tío que se carga a su mujer a tiros porque le ha puesto los cuernos.

      ¿Es Chloé una firma que hace apología de la violencia de género? ¿Se quejan las compradoras? No lo creo.

      Hace unos días abrió el primer establecimiento de Street food de una nueva marca de perritos calientes, cuya carta elige apostar por nombres de razas para cada producto: así, el «chucho» a secas es un hot dog con salsa de callos y el chihuahua lleva guacamole, etcétera. Es algo que se trabajó dentro de un informe de estrategia de más de cien páginas que aún no he ha implementado, pero que está pensado con detenimiento.

      Y, conviene decirlo, todo ello está hecho con el mayor amor hacia los perros: lo primero que se hizo al abrir fue comprar un bebedero para perros para que los clientes con mascotas pudieran sentirse cómodos pasando un rato sin que sus animales sufrieran por las altas temperaturas.

      ¿El resultado?

      Hubo quien tachó los nombres de la carta, y quien preguntó si allí servían carne de perro.

      Imaginemos qué dirán al comerse unas lenguas de gato. Una ropa vieja. Un queso de tetilla. Un brazo de gitano. (La lista da para largo.)

      Lo comento porque nunca se sabe por dónde van a salir los tiros. A veces uno usa una canción  cuyas palabras no parecen la expresión más feliz y nadie se asusta. Otras, un nombre que suscita suspicacias de improviso. De ahí que la estrategia tenga tantas páginas, para curarnos en salud. Y porque no siempre se puede acudir al Rey.