Muy bestia

En esta entrevista, Luz Casal habla de lo «bestia» que ha sido el éxito de «Piensa en mí», la canción por la que se le conoce fuera de nuestras fronteras, la canción que sonaba durante la inauguración de este Festival de Cannes mientras Pedro Almodóvar atravesaba la alfombra roja y, también, la canción que tiene estos versos:

Cuando quieras
Quitarme la vida,
No la quiero para nada,
Para nada me sirve sin ti.

Nadie osará jamás tildar a Luz Casal de machista, ni a Almodóvar, pero a cualquiera que se le ocurra pasarse por el portal de estadísticas de violencia de género se le pondrán los pelos de punta.

«Cuando quieras quitarme la vida

Otra cantante patria, Eva Amaral, tiene una canción titulada «Sin ti no soy nada».

Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada
Porque yo sin ti no soy nada
Sin ti no soy nada
Sin ti no soy nada

De nuevo, nadie osará jamás tildarla de machista.

Son dos ejemplos entre tantos. La marca Chloé anuncia sus perfumes al son de una versión de «Hey Joe», la historia de un tío que se carga a su mujer a tiros porque le ha puesto los cuernos.

¿Es Chloé una firma que hace apología de la violencia de género? ¿Se quejan las compradoras? No lo creo.

Hace unos días abrió el primer establecimiento de Street food de una nueva marca de perritos calientes, cuya carta elige apostar por nombres de razas para cada producto: así, el «chucho» a secas es un hot dog con salsa de callos y el chihuahua lleva guacamole, etcétera. Es algo que se trabajó dentro de un informe de estrategia de más de cien páginas que aún no he ha implementado, pero que está pensado con detenimiento.

Y, conviene decirlo, todo ello está hecho con el mayor amor hacia los perros: lo primero que se hizo al abrir fue comprar un bebedero para perros para que los clientes con mascotas pudieran sentirse cómodos pasando un rato sin que sus animales sufrieran por las altas temperaturas.

¿El resultado?

Hubo quien tachó los nombres de la carta, y quien preguntó si allí servían carne de perro.

Imaginemos qué dirán al comerse unas lenguas de gato. Una ropa vieja. Un queso de tetilla. Un brazo de gitano. (La lista da para largo.)

Lo comento porque nunca se sabe por dónde van a salir los tiros. A veces uno usa una canción  cuyas palabras no parecen la expresión más feliz y nadie se asusta. Otras, un nombre que suscita suspicacias de improviso. De ahí que la estrategia tenga tantas páginas, para curarnos en salud. Y porque no siempre se puede acudir al Rey.

NEGOCIOS SERIOS

1.

«Una feria del libro es el encuentro entre dos soledades inherentes: la soledad del escritor y la soledad del lector. Y aquí se dan cita.»

No puedo asegurar que ésas fueran las palabras exactas de la señora invitada a comentar la jugada, pero algo muy parecido sonó por megafonía en la feria este domingo pasado, pasadas las doce del mediodía. Con no menos —calculo— de cinco mil personas pululando entre las casetas.

Vi gente asintiendo.

Nadie, absolutamente nadie, le arrancó el micro para darle con él en la cabeza.

FERIA DEL LIBRO

2.

«Estas obras intervienen en el espacio público del museo para situar al espectador frente a su cotidianeidad, invitándole a reflexionar y a ir más allá de sus propias limitaciones como ilustra “Ventanas a una promesa mejor” de Ipiña que evoca las relaciones que pueden establecerse con el mundo exterior desde el interior de un espacio».

Este post del Museo Guggenheim Bilbao de Instagram  —que no se caracteriza precisamente por ser la red social más sesuda—, tiene en estos momentos 837 likes.

Y hay otros, como

«¿Qué día de la semana es más proclive para que la luz llame a tu inspiración?»

o

«Todos los caminos del Neo Impresionismo conducen a ___________

  1. Camille Pissarro
  2. Odilon Redon
  3. Pierre Bonnard»

Este último tiene 47 likes.

GUGGEN

3.

En muchas ocasiones —a menudo con victimismo, con frecuencia en boca de profesionales del sector—, se escucha que la gente ya no lee, o que éste es un país necio donde la gente no sabe ir a un museo.

Se les da la razón. Y a otra cosa.

Nadie se pregunta cómo cojones hay quien se atreve a hablar de la soledad del lector.

Si un lector se siente solo es porque el libro que tiene entre manos es malo con avaricia, o porque no presta atención al mundo que se alza ante sus ojos.

Vender la lectura como un acto solitario es como querer ligar dando pena.

Significa que no te enteras de nada.

Significa que mientras nos íbamos de farra con Bukowski, conducíamos un trineo por Alaska con Jack London o recorríamos la frontera entre México y EE.UU. con los mercenarios de Cormac McCarthy tú te dedicabas a mirarte al espejo.

Y permitir que en la feria del libro se ensalce ese tipo de mensajes es escupirle a la cara a la gran verdad de la lectura: que la gente lee precisamente para sentir que no está sola.

Vender la lectura como un acto solitario es como alabar al caviar como laxante. Eso mismo: una cagada. Como publicitar una exposición museística con ejercicios de multiple choice. ¿Qué pasa, que tus clientes son tontos? Dime, ¿qué necesitan aprobar para ser dignos de ti?

Oye, ¿para quién dices que trabajas?

4.

Hace años, en una boda, mi amigo Alfredo R. me repitió una de las frases favoritas de su padre: «Más vale negocios de risa con resultados serios que negocios serios con resultados de risa». Me consta que el actual director de la Feria del Libro de Madrid la conoce, de mano del editor Manuel Ortuño. Así es como viaja el contenido, de boca en boca como besos robados.

Me consta también que los editores de este país, como los de los museos y tantos otros negocios serios, saben qué significa stakeholders.

El día en que entiendan que su público forma parte de ese grupo, y actúen acorde a ello, tal vez dejen de quejarse de los resultados.

Mientras tanto, que sigan confundiendo lo serio con lo importante, que ya verás cuanta soledad.

“Hace mucho frío ahí fuera”

El Guardian tiene una serie sobre el bullying en el trabajo que se me antoja muy, muy necesaria.  Sobre todo en nuestro país, tan… frígido a la hora de admitir que algo puede estar yendo mal o muy mal. Tal vez mis lectores jamás se hayan topado con estas cosas –lo dudo–, pero, de ser así, les explicaré de qué se trata. 

Hay gente que acude el trabajo a trabajar y hay quien lo hace como si jugara a las sillas. (Ya sabes, como si todo lo que importa es creer que siempre hay una silla menos que jugadores y el que no corre al rincón.) 

Ninguno de ellos es perfecto, pero la diferencia está clara. 

Por lo general el segundo es del tipo que suelta frases como “Hace mucho frío hay fuera”, cuando una crisis, cualquier crisis, parece amenazar el status quo de la oficina.

Da igual qué valores defienda la organización para la que uno trabaja. Jode más cuando sus cabezas visibles se indignan por la desigualdad que impera en el mundo, pero yo al menos he visto insignes valores del progresismo comportándose como si entre las palabras y los actos mediara la misma diferencia que entre el agua y el aceite. 

Sin embargo, gente que busca hacer la vida imposible siempre ha habido mucha. Eso ni es nuevo ni es tan importante. Lo que de verdad no queremos ver es que si tienen éxito es porque tienen CÓMPLICES. Gente que ve y sabe lo que pasa y que con la excusa del frio que hace fuera se calla la boca. Es como esa gran verdad sobre los cotillas: “No me cuentes lo que dicen de mí; explícame mejor por qué se sentían cómodos contándotelo”.

He sufrido el mobbing. He visto a muchos amigos sufrirlo. Las secuelas son las que son. Creo que ya es hora de hablarlo, y de paso tal vez podamos recordar que en tiempos de tanta “marca personal” y tanta “empatía” no es lo que decimos lo que mejor nos define, sino lo que hacemos y dejamos de hacer. 

De igual modo que hay quien ve una patria pero no ve al vecino, hay quien cree en la bondad de una empresa que pisotea a sus empleados. El silencio hasta ahora ha sido el único parche. 

Tal vez haya otras alternativas. 

La gente asume erróneamente que los matones tienen baja autoestima, pero su comportamiento es en realidad un mecanismo de respuesta a la vergüenza que han interiorizado. Aunque algunas personas que viven con vergüenza tienen baja autoestima, aquellos que se comportan como matones tienden a tener una alta autoestima y un orgullo descompensado. Atacan a otros para evitar sentir la vergüenza que llevan dentro- lo que les permite permanecer inconscientes de sus sentimientos. (…) Atacar a otros no sólo borra la vergüenza que sienten, sino que también estimula la experiencia del poder. Aunque los matones degradan a otros en un intento por sentirse superiores, no son conscientes de lo mal que se sienten acerca de sí mismos, pues gracias a su comportamiento, sus propios sentimientos de inadecuación permanecen ocultos. Degradar a otros oculta la vergüenza de su conciencia. Si un matón degrada a un compañero de trabajo y el compañero de trabajo responde en especie, el matón sólo verá el mal que siente que le ha causado ese compañero, y no tendrá ni idea de que el comportamiento del compañero es una respuesta a lo que él ha causado.(…)Toda iniciativa para lidiar con los matones no funcionará si se basa en la creencia de que un matón es consciente de su vergüenza, o que es capaz de sentir remordimiento. La manera de lidiar con los matones es unirse con otros compañeros de trabajo. Agruparse contra un matón proporcionará a las personas que son objeto de mobbing el apoyo necesario para asumir sus sentimientos, ya que corren riesgo de aislarse. Al unirse y discutir el comportamiento del matón, los compañeros de trabajo pueden contener el matón, que, con su comportamiento expuesto, pierde el poder de aterrorizar – y se enfrenta a la amenaza del aislamiento.

Miedos que no van a ningún lado

Esta semana me he borrado de varios chats, por hastío. Parece ser que a la gente le sobra el tiempo para enviar material racista e islamófobo, y que no tienen otro problema que el prepararse para una inminente invasión de infieles ávidos por desmontar su modo de vida. 

Como ése no es mi mundo, prefiero no perder el tiempo con ello. 

Sin embargo, ese miedo a lo diferente, a lo nuevo, a lo no conocido, es algo que permea también nuestra visión de las nuevas tecnologías. La fotografía digital iba a matar la fotografía; el libro digital iba a matar la lectura; el vídeo iba a matar la estrella de la radio 😉

El es pasado, domestika nos enseñó una iniciativa que demuestra que en vez de habitar ese mundo con miedos es preferible disfrutar de todas las virguerías que hoy son posibles, como crear nuestra propia tipografía personalizada (y gratis).

Hoy es posible gracias a a myscrptfont. Si Eric Gill, o Giambattista Bodoni hubieran vivido hoy se lo pasarían pipa. 

Es sólo un pequeño ejemplo, pero a veces es mejor admitir lo qur hay a temer lo que no vendrá,

Fracasa otra vez (y II)

Hace nada, una revista culta pero nunca aburrida, Paris Review, nos ha sorprendido con una joya: una selección de aforismos de . Y entre ellos se encuentra esta sentencia, que traduzco de la traducción inglesa:

“La mayoría de las decisiones morales son tan simples como la aritmética básica; de igual modo, los fracasos no tienen que ver con conocimiento de cada cual, sino con su formación social.”

Lo comento al hilo de algo que recogía la BBC hace poco: cómo un post del italiano Adriano Destro, en el que “celebraba” no haber podido conseguir un ansiado empleo en Facebook, había servido para reivindicar el papel del fracaso. El meollo de lo que dice se resume en esta cita:

“‘Tendemos a compartir nuestros logros y a ocultar nuestros fracasos’, escribió Destro, un analista digital de 25 años, graduado de la escuela de negocios con sede en Napoli, Italia. ‘Pero en la vida no sólo hay historias de éxito, sino de personas que la mayor parte del tiempo fracasan y vuelven a intentarlo con más hambre y motivación que nunca. Sólo he hecho un 1% de lo que me queda aún.'”

Todos, absolutamente todos, tenemos nuestros fracasos personales. Sabemos que somos falibles. Lo mismo sucede con las empresas.

Hace tiempo que sabemos que ha llegado la hora de asumir que ahí hay más de una historia de contar.

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