Fracasa otra vez (y II)

Hace nada, una revista culta pero nunca aburrida, Paris Review, nos ha sorprendido con una joya: una selección de aforismos de . Y entre ellos se encuentra esta sentencia, que traduzco de la traducción inglesa:

“La mayoría de las decisiones morales son tan simples como la aritmética básica; de igual modo, los fracasos no tienen que ver con conocimiento de cada cual, sino con su formación social.”

Lo comento al hilo de algo que recogía la BBC hace poco: cómo un post del italiano Adriano Destro, en el que “celebraba” no haber podido conseguir un ansiado empleo en Facebook, había servido para reivindicar el papel del fracaso. El meollo de lo que dice se resume en esta cita:

“‘Tendemos a compartir nuestros logros y a ocultar nuestros fracasos’, escribió Destro, un analista digital de 25 años, graduado de la escuela de negocios con sede en Napoli, Italia. ‘Pero en la vida no sólo hay historias de éxito, sino de personas que la mayor parte del tiempo fracasan y vuelven a intentarlo con más hambre y motivación que nunca. Sólo he hecho un 1% de lo que me queda aún.'”

Todos, absolutamente todos, tenemos nuestros fracasos personales. Sabemos que somos falibles. Lo mismo sucede con las empresas.

Hace tiempo que sabemos que ha llegado la hora de asumir que ahí hay más de una historia de contar.

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un libro que sí procede

Hace poco, una amiga que en experiencia me da mil vueltas me planteaba la posibilidad de sacar un libro sobre un tema en el que su agencia es puntera: la infografía.

Mi respuesta, totalmente en serio, fue preguntar si no prefería hacer algo en Youtube.

Porque el libro debe ser procedente. Y en determinados contextos no lo es. No lo es cuando compite con encontrarte a un cocinero que te hace el plato que buscas en la Red. No lo es cuando compite con la inmediatez. No lo es cuando pretende copiar a otros (la TV, el cine…) ni lo es cuando carece de aquello que exigía Bruce Chatwin a todo escritor: “Tener algo que contar, saber hacerlo ,y querer hacerlo.”

Guillermo Abril y Carlos Spottorno han firmado un libro que no podría ser más procedente. Se titula La Grieta, está publicado por Astiberri y es el fruto de una larga investigación que ganó un World Press Photo y que nos ha aportado otros materiales digitales como éstos, que demuestran también que un periódico puede dar muchos más frutos que los que huelen a tinta, sobre todo cuando, como otros medios, sabe apostar por el video.

Sobre el contenido, baste hacer una visita a ese tremendo homenaje que les hicieron en Yorokobu. 

¿Por qué La Grieta es procedente como libro ? Porque aporta algo que Milan Kundera exigía para los libros y que sin duda los define: que sean de lectura rápida y digestión lenta. Que atrapen al lector lo bastante como para que éste –siempre que digo “éste” digo también “ésta”– desee imponer su ritmo en vez de que le venga impuesto, dar rodeos, tomar atajos y volver al punto de partida. Hacer de algo en apariencia lineal, como es un orden paginado, un elección personal.

Y que al mismo tiempo se pueda tocar.

Una última reflexión, ésta para los que siempre están en lo cierto: Habiendo sido este proyecto posible gracias a un diario como El País y una fundación como la del BBVA, ¿no deberíamos empezar a dejar la monogamia para la pareja y el equipo de fútbol, y buscar la promiscuidad en todo aquello que nos enriquezca el espíritu, aunque a veces provenga de fuentes poco cool? 

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A fracasar otra vez

En Rumbo a peor, Samuel Beckett escribió algo que ahora adorna el brazo de más de un tenista:

No importa

Prueba otra vez

Fracasa otra vez

Fracasa mejor

Lo he pensado más de una vez estos meses, asfixiado por una mudanza, varios viajes (Islandia, La Habana) y una serie de proyectos que me han robado más tiempo del que pensaba. Incapaz de dedicarme a este blog.

Muchos de esos proyectos siguen en estado embrionario, pues a menudo lo que vale la pena requiere mucho esfuerzo, pero todos importan.

Sin embargo, éste sí ha visto la luz. Se trata de un libro sobre Javier Campano, una herramienta de contenido que se resiste a morir y cuya utilidad, en el caso de la fotografía, está aún plenamente vigente. Para colmo, ha sido divertido. 

La semana que viene pretendo hablar de otro libro, cuya relevancia es simplemente espectacular. Y no soy el único que lo piensa.

Gracias por esperarme todo este tiempo.

Carolina Jerrerra

O de cómo existe un inglés sólo para gente que habla español…

El chiste es viejo. Va un tío a un bar y dice:

—Ponme un «Güait Leibol».

El camarero piensa: «Menudo pedante.»

Al día siguiente, el tío dice:

—Ponme un «Güite Label».

Y el camarero piensa: «Menudo paleto.»

Por fin, al tercer día, el tipo decide pronunciar una palabra bien y la otra mal y dice:

—Ponme un «Güait Label»

Y el camarero, botella de White Label en mano, se seca una lágrima de orgullo y le pone un dedo de más: por fin alguien que sabe pronunciar en inglés como dios manda.

Me encanta ver películas en la tele: suele haber tantas pausas publicitarias que uno puede hacerse un té y echar un vistazo al Facebook. O, por supuesto, ver en bucle esos anuncios de perfume de Carolina Herrera, cuyo nombre escuchamos americanizado en Carolina Jerrerra.

En total, he vivido casi una década años en países anglosajones y me llamo Íñigo: para bien o para mal soy alguien esdrújulo y con «ñ». Sé lo que es que la gente no acierte a pronunciar tu nombre, pero jamás se me ocurriría responder por algo que suena parecido, pero sin serlo realmente. De ahí que ese «Jerrerra» me tenga tan alucinado.

No es mi intención dar lecciones de nada (a fin de cuentas, tanto en este blog como en mi cuenta de Twitter alterno entre mi lengua materna y mi segunda lengua, al igual que sucede en mi vida). Sí pretendo, sin embargo, que tengamos muy claro a quién nos dirigimos. Porque, como sucede en el chiste, vivimos en una cultura falsamente bilingüe. Una en que la línea que separa al cosmopolita del pedante y al minucioso del paleto depende del humor de tu interlocutor.

Mis tácticas, al respecto, son dos: 1) procurar dar con algo que no avergüence a un hablante nativo [aún recuerdo una película que se anunciaba como «Murder at mil seiscientos», como si los números se dijeran igual en inglés que en español] y 2), evitar, en la medida de lo posible, todo asomo de afectación y no corregir nunca a nadie: si el resto del mundo dice «Stones» y nosotros «Rolling», pues bien está. Y si nos gusta que Bruce Willis y Kevin Costner hablen como si hubieran nacido en Madrid, oye, perfecto.

Como si fuéramos los únicos

Feliz navidad, nos vemos con el nuevo año.

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Cómo combatir la desinformación

En un mundo de pos-verdades toca ofrecer soluciones y generar discursos positivos, creíbles y coherentes.

Siempre me he preciado de saber leer.

Y así, en 2004 leí una noticia sobre un perro al que le habían concedido una tarjeta de crédito. Y un año más tarde, otra en la que el agraciado era un árbol. Y no les di mayor importancia, ni acerté a leer entre líneas.

Mea culpa, a vista de lo que vino luego.

En 2008, cuando nos azotó la crisis, trabajaba en una editorial —entre mis responsabilidades, las memorias de Alan Greenspan, tituladas La era de las turbulencias—y como tantos colegas dedicados a la no ficción me consideraba un hombre bien informado. Pero dudo que ninguno de mis colegas previera lo de Lehman Brothers, como tampoco —al parecer— lo vio venir el propio Greenspan.

Mal de muchos, consuelo de tontos: mea culpa, indeed.

Desde entonces nadie niega el declive de los media. Esto daría para muchas entradas, pero las dejaremos para otro día.

La cosa ha ido a peor. Así, las últimas elecciones americanas han tenido un protagonista de excepción: un tipo de desinformación basada en bots que confeccionan noticias falsas, y una espectacular influencia de las redes sociales como transmisoras de contenido no necesariamente contrastado. (Cualquiera que conozca la historia de William Randolph Hearst o la falsa etimología de la palabra «testigo» sabrá que la desinformación no es precisamente nueva, pero a día de hoy lo tiñe todo de un matiz más serio, y afecta de forma significativa a la política contemporánea. Tanto es así que tanto Facebook como Twitter procuran negar su estatus como media companies, algo sobre lo que habría mucho que decir.)

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Esta situación ha llevado a que todos —incluidas las estrellas de Hollywood— estemos con la mosca detrás de la oreja: en los últimos días, ejemplos como la intervención de la periodista canadiense Eva Barlett sobre el caso sirio o el modo en que las búsquedas de Google nos pueden estar manchando a todos, demuestran los tiempos están revueltos.

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Fingir que esta coyuntura no nos afecta sería pasarnos de listos, pues, como dijo Stephen Stills, «así se demarcan las líneas de la batalla: si todos están equivocados nadie tendrá nunca razón». Y no se puede comunicar nada que merezca la pena sin pretender que sabemos leer, ni se puede leer si pensamos que nadie tiene razón.

Por eso, cuando escucho a muchos profesionales del ámbito de la comunicación, la prensa, la edición en papel y el storytelling añadir leña al fuego y no dejar títere con cabeza, temo por todos nosotros y por lo que hacemos. No porque no quepa denunciar el estado de cosas, sino porque no parecemos brindar resultados. Y porque, y de ahí los ejemplos del principio, tampoco podemos decir que hayamos sido más avispados que otros en los últimos años.

Por eso es importante ver quién lo va consiguiendo. Pensemos, por ejemplo, en Stop Funding Hate, una iniciativa de Reino Unido destinada a combatir la desinformación sin ensuciar ni empeorar las cosas, y brindando soluciones prácticas a problemas reales. Problemas como éste: la querencia de los tabloides británicos por sembrar el odio al inmigrante, con titulares sensacionalistas que tienen una repercusión clara en el aumento de la xenofobia y los delitos de odio en las calles.

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Su estrategia es clara. En primer lugar explican por qué sucede:

«Los editores de periódicos tienen un fuerte incentivo para lanzar titulares sensacionalistas antiinmigración: así, aumenta el número de lectores, lo que significa que pueden ganar más de la publicidad.
Muchos de sus anunciantes defienden unos valores y ostentan una postura ética sobre muchos otros temas, como la discriminación en el lugar de trabajo, en sus cadenas de suministro o sobre el papel que desempeñan en la comunidad. Pero a la hora de elegir qué publicaciones financian con sus presupuestos publicitarios, vulneran con frecuencia dicha ética y dichos valores. Y hoy, sus clientes son cada vez más conscientes de que al comprar productos de las marcas que se anuncian en la prensa sensacionalista, están inadvertidamente financiando su propia demonización, o la de su familia, amigos y vecinos.»

Y en segundo lugar proponen una alternativa: que las empresas que se anuncian en prensa xenófoba deban ser consecuentes con su responsabilidad social corporativa: que no puedan beneficiarse de promover la igualdad con la mano izquierda mientras la diestra paga a quienes siembran odio para vender más.

Además, lo hacen de forma impecable, imaginativa y útil.

Y han adquirido una relevancia real.

Todos, de un modo u otro, nos dedicamos a comunicar. Nuestra es la obligación de hacerlo posible. Nos toca acuñar un mensaje creíble y constructivo. Éste es un buen ejemplo. Me encantaría que este post sirviera para encontrar, debatir e implementar muchos otros. Los necesitamos.

De la comida casera

Necesitamos una narrativa institucional mucho más meditada y menos de concurso entre universitarios.

1.

Me encanta llevar a mi hijo a la guardería cada mañana. Porque, entre otras cosas, todo se ve mejor a pie de calle, donde la campaña millonaria compite con el grafiti y cada cual muestra su mensaje y su historia mejor o peor contada.

Hoy me he fijado en esto.

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Siempre he creído que la narrativa institucional es a la corporativa lo que la cocina doméstica a la de restaurante. En el segundo caso uno bien puede limitarse a echar un vistazo a la carta y pasar de largo, pero cuando se trata de nuestra casa no cabe la indiferencia, porque allí comemos día sí y día también. Si algo está de rechupete debe decirse, pero si el pollo en el plato está crudo por dentro también deberá decirse. En situación de igualdad, sin miedos y sin acritud. Porque con las instituciones somos más que clientes: por mal que nos pese, vivimos bajo un mismo techo.

Dicho esto, en mi ciudad el pollo acostumbra a salir crudo por dentro. Tras el desdén del anterior equipo por el diseño gráfico y las ideas meditadas, muchos esperábamos un nuevo modo de afrontar la comunicación ciudadana. Los retos eran numerosos y muy variados. Lo siguen siendo: una ciudadanía dividida, caos circulatorio, suciedad omnipresente… Un desafío muy difícil, sí, pero también —lo diré— muy sexy: la oportunidad perfecta de contar historias necesarias y lograr que los ciudadanos recuperen el orgullo por pertenecer a una de las urbes mejor valoradas por los extranjeros.

Y ahora veamos un ejemplo de qué significa medio crudo.

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Este cartel forma parte de una campaña de sensibilización ciudadana que, entre otras cosas, contempla también iniciativas como ésta.

Y es cierto: los restos de chicle son un problema. Tanto que existe una organización internacional que se ocupa del tema de su sostenibilidad. En Reino Unido crean infografías:

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Salta a la vista la diferencia entre el cartel de mi ayuntamiento y una iniciativa como la de custommade: con la infografía me siento satisfecho de que las personas al cargo hayan hecho los deberes y se crean en la obligación de compartir todos los datos importantes conmigo. Al contarme cuántos chicles se hallaron en tres kilómetros de acera en 2012 en Londres me han explicado las dimensiones del problema; al decirme que pueden reciclarse en juguetes para niños o en materiales de construcción me animan a hacer algo al respecto; al ilustrarme sobre el poliisobutileno y cómo éste se encuentra en las aves dañadas por los vertidos de crudo no podré tirar otro chicle al suelo sin acordarme del Prestige… Y al brindarme vínculos a distintas organizaciones dentro y fuera del país —a las que dirigirme en caso de querer saber o hacer más— entiendo que me ven como a un ciudadano informado y con criterio, alguien que sabe dónde buscar fuentes y datos. En dos palabras: ahora sé que existe un problema mucho mayor que el llevar algo pegado a la suela del zapato. En cambio, con el cartel me encuentro ante un interlocutor tan perezoso que ni siquiera se digna articular una expresión correcta (¿«Pensar en la papelera es…»? Un momento, un momento… ¿Quién piensa en la papelera? ¿No querrá decir más bien «Tirarlo a la papelera sólo te llevará un segundo»?).

Recalquémoslo: esto no es una crítica a la intención de la campaña de mi ayuntamiento, sino al modo en que ésta se concibe y comunica. Y que también nos afecta a todos, pues todos nos enfrentamos al tema de la limpieza urbana. Me parece estupendo que el ayuntamiento convoque concursos de spots publicitarios entre colegiales para sensibilizarnos, pero no hay mejor sensibilidad que la que recuerda que la pobreza de expresión denota pobreza de pensamiento. Y así, si, tras evaluar concursos, a los del consistorio les queda tiempo para darse una vuelta por el mundo, verán que existen multitud de registros y modos efectivos de contagiar a los ciudadanos: con un puntito lagrimón, con un poco de humor cívico u optando por hacer hincapié en la redención y el material humano que limpia las calles.

Y ahora vayamos al tema de la navidad.

2.

Por lo general, el mensaje de toda urbe en navidades tiene dos partes. A los de aquí se les dice «Cuidaros mucho» y a los de fuera se les dice «¡Venid!».

Lo primero es un asunto de alerta ciudadana en una época de temporada alta para los amigos de lo ajeno y bajas temperaturas.

Lo segundo es, dicho llanamente, marketing, marketing y marketing turístico.

Cuando en navidades un ayuntamiento laico como el de Madrid —que siendo el de todos convive con las fuerzas de una Iglesia católica acostumbrada a ponerle el aliento en la nucadecide comunicar algo más se enfrenta a qué dicen y cómo lo dicen. Y creo que son muy conscientes de que hagan lo que hagan les van a dar por todos lados. Y ahí es donde creo que pinchan. Por blanditos. Por ambiguos. Por… desidia. Si se busca ofrecer una alternativa a alguien con dos mil años de iconografía debe pensarse con mucha mayor libertad.

Veamos qué se lee en el cartel: «Haz navidad. Tú le haces grande a él. Él te hace grande a ti»

Si el mensaje es que el amor paterno-filial es navideño, admitámoslo: sí, es tan navideño como lavarse las manos antes de comer, pagar el billete de metro o detenerse cuando el semáforo está en rojo.

Si el mensaje es que la navidad se escribe en minúscula y es algo que se hace, me falta saber en qué consiste y cómo se supone que debemos hacerla. ¿Llevando a un hijo a hombros? ¿Teniendo hijos? ¿Llevándonos bien? ¿Haciendo algo más que ponernos ciegos a polvorones? Y, de ser así, ¿por qué no decirlo claro? ¿Por qué no decir «Haz navidad. Turrón sí, pero amor también»?

«Haz navidad. Quiere a tus  compañeros de trabajo. Les  ves más que a tu mujer.»

«Haz navidad. Saluda a tus vecinos. Saben dónde vives.»

«Haz navidad. No necesitas creer en dios: cree en tu hijo.»

«Haz navidad. No hace falta ir a misa. Basta con respetarnos un poco»

Al menos eso captaría nuestra atención. Al menos no estaríamos en esa tierra de nadie de la ambigüedad bienintencionada que se parece a ese color rata que sale siempre que en la paleta mezclamos cuatro o más colores. Al menos no tendríamos los ciudadanos a otros que se creen con potestad para indicarnos cómo deberíamos conducirnos por la vida. Además, cuando uno decide evitar los símbolos religiosos debe asimismo sortear las trampas de la retórica religiosa, empezando por la más habitual: el imperativo en segunda persona del singular:«Haz». Tú. No yo, ni nosotros: tú. Sólo tú debes aplicarte el cuento. Cada vez que mi interlocutor se sirve del imperativo, me informa de que se ve dotado de cierta infalibilidad congénita. Por tanto, y dado que a veces mete la pata, abogo porque nuestro ayuntamiento sólo se manifieste en primera persona del plural. A fin de cuentas, todos compartimos los resultados.

Eso es autoridad  y no atracción.

¿Y cómo atraer, en este caso?

Pues buscando la imagen, o las imágenes, que definen la navidad, de un modo tan rotundo que incluso suplen a la mención de ésta. Y hacerlo sin necesidad de quedar de buenos. Asumiendo que mucha gente no ama la navidad, y que no lo hace porque una de las características de ésta es que había que ser bueno y amarla. Quien quiera superar ese puntito religioso debe comprenderlo.

La cámara de Harvey Keitel en Smoke, el trineo del niño Charlie en Ciudadano Kane, o el «faltan sillas» de la campaña del Lidl, tanto da, son todos símbolos navideños. Para algunos la navidad será su padre muerto o los canelones de su abuela… seres queridos que ya no están. Para otros, un recuerdo de infancia: el madrugón en la casa del pueblo paterno, aquella vez que con su hermana encontraron los regalos y les cambiaron las etiquetas. Para otros, un hueco, algo que sienten que perdieron en esa discusión, en ese padre que salió a por tabaco, en esa novia que se merendó a otro.

Yo veo la navidad como una excusa marcada por la conciencia de compartir lo más preciado que tenemos: un tiempo en común. Eso que implica pertenecer a algo grande, que nos cobija y nos supera y nos define y nos marca. Eso que se vuelve memoria, como nosotros nos volvemos memoria con el tiempo. Por eso, cuando el villancico dice «La nochebuena se viene, la nochebuena se va. / Y nosotros nos iremos, y no volveremos más…», no puede resultar más elocuente.

En su día, Nick Cave, Warren Ellis, Iain Forsyth y Jane Pollard crearon en un site  The Museum of Important Shit, una iniciativa destinada a preservar aquellos recuerdos que tal vez no tengan mayor relevancia para otros pero explican el mundo para quienes los poseen. Lo hicieron con un nombre desinhibido, con un diseño efectivo y sin pretensiones de sentar cátedra, y tal vez por eso funcionó. Es una idea. Tal vez una campaña como la que nos ocupa sólo necesite preguntarnos qué recuerdo tenemos y qué recuerdo queremos que tengan para redefinir entre todos la navidad y lidiar así con quienes se arrogan la verdad sobre estas fiestas. Claro que para montar una iniciativa así hace falta querer cocinar de verdad para todos, muchos crispados, con idéntico amor. Es meterse en líos con gente que sabe dónde vives.

En comparación, decirle a un padre que suba a su hijo sobre sus hombros se nos antoja siempre mucho menos complicado.

3.

Parece poca cosa, pero tiene su importancia. Toda campaña institucional corre el riesgo de convertirse en una ocasión desaprovechada por marcar la diferencia y lanzar un mensaje lleno de significado: porque de verdad necesitamos privilegiar lo que nos une en vez de seguir obsesionándonos con lo que nos separa. Y a veces lo único que nos une es ese deseo de dejar de fingir que la vida es como las películas.

Claro que tampoco hay nada malo en pintar una semblanza de película, si con eso recordamos nuestro potencial. En una de sus canciones más famosas, Joe Henry canta a lo que nos impele a ir al cine: poder ver en la pantalla, siquiera por un par de horas, una versión de nosotros mismos como seres «más jóvenes, más valientes, humildes, libres…». Como gente capaz de ser mejor. También es algo que todos necesitamos, y me parecería estupendo que el ayuntamiento lo viera así. En tal caso, hay muchas otras formas efectivas de mostrar lo mejor que tenemos. Pero llegar a ellas requiere por lo general trabajarse las cosas y olvidarse de dar órdenes.

Y una tercera alternativa es tomarse la cosas con un poco de humor, del que tampoco faltan ejemplos.

Me basta con encontrarme un mensaje lo bastante claro y lo bastante elocuente como para sentirme parte de él. Porque hay diferencia entre algo bien hecho y algo que no aún no lo esta´.